Para la gente de mi generación, los que vivimos 1968 o que hemos leído sobre esos sucesos, la protesta pública era una prerrogativa que no estaba enteramente a nuestra disposición. Para mayores señas, cuando las manifestaciones del pueblo comenzaron a inquietar a los jerarcas del antiguo régimen, vino la represión, pura y dura, en un suceso, el de Tlatelolco, tan oscuro, a estas alturas todavía, que la presunta responsabilidad de las Fuerzas Armadas no se puede establecer de manera concluyente mientras que la autoría directa de los hechos tampoco se le ha atribuido irrebatiblemente a los presuntos culpables: ¿se ha sentado algún pez gordo en el banquillo de los acusados?

En fin, el mundo era muy diferente: muchos espíritus progresistas celebraron grandemente que ETA hubiera hecho saltar por los aires el coche del almirante Carrero Blanco, en 1973. El hombre, en su condición de jefe de Gobierno de la dictadura franquista y brazo derecho del tirano senil, era la encarnación misma de la opresión fascista aunque en ese momento se resquebrajaba ya inexorablemente el régimen del Caudillo de España. En dirección inversa, ese mismo año ocurrió el nefando golpe de Estado de Pinochet en Chile. El asunto es que a ambos opresores, sin consignar aquí la existencia de muchos otros déspotas de diversas cataduras, les va perfectamente el mote de “asesinos” y, en tanto que encabezaban sistemas totalitarios donde se reprimían por principio los derechos humanos, podía entenderse que inclusive un acto terrorista no cosechara las condenas que, hoy día, merecen los hechos violentos. Y, en todo caso, la lucha abierta contra la tiranía y la opresión ha sido legitimada históricamente desde los tiempos en que Espartaco, un esclavo tracio, encabezara una rebelión contra la República romana en el año 73 a. C. Y así, hoy día también, la “primavera árabe”, más allá de sus decepcionantes resultados, ha significado un admirable movimiento libertario y así, de la misma manera, la lucha armada contra Bashar Al-Assad simboliza la valiente resistencia ciudadana de unos ciudadanos sirios hartos de vivir sojuzgados. Estamos hablando, en todos estos casos, de algaradas, rebeliones, revueltas, atentados y resistencias violentas.

Ahora bien, aquí y ahora —es decir, en el México de nuestros días— ¿es siquiera entendible, por no decir aceptable, que cuando un candidato de un partido político acude a una universidad sea recibido con gritos, justamente, de “asesino” y que los estudiantes, como si tuvieran enfrente a un auténtico sátrapa (envuelto, de pronto, en una situación que, le aseguro a esos majaderos, no afrontaría ni remotamente ningún dictadorzuelo porque esos personajes, los verdaderos déspotas, siempre controlan totalmente las circunstancias para no tramitar ni las más tibias oposiciones, por no hablar de recibir las injurias y denuestos que hubo de soportar Peña Nieto), le espeten “¡fuera, fuera!” para que no pueda siquiera exponer sus ideas frente a un auditorio?

¿Es aceptable que, beneficiándonos todos los ciudadanos de las garantías que nos asegura un sistema democrático —por más imperfecto que pueda ser—, esos dichos estudiantes se comporten como turbas de fascistas intolerantes? ¿Y no hay, acaso, diferencia alguna entre un gobernador que fue elegido por millones de votantes y que ahora aspira a ser el presidente de todos los mexicanos, no hay diferencia alguna, repito, entre este hombre y los autócratas de verdad —ahí tenemos a Vladimir Putin, a los tenebrosos jerarcas de la República Popular China, al antedicho Al-Assad y a tantos otros— como para que los estudiantes de la Universidad Iberoamericana, debidamente informados de las cosas gracias a su privilegiada condición, se abstengan de repudiarlo groseramente?

Esta confusa mezcolanza de apreciaciones es un fenómeno verdaderamente preocupante para la salud de nuestra sociedad y lo peor es que ha sido deliberadamente promovida por un candidato que, sin prueba alguna de que se hubiera perpetrado un fraude electoral, se dedicó a descalificar a nuestras instituciones sembrando, ahí, un descontento personal entre sus seguidores que —visto el tamaño de los agravios (“nos robaron la elección”; los de “arriba” quieren cerrarnos el paso; la “prensa vendida” trabaja en contra de nuestro movimiento)— justificaría las más extremas expresiones de repudio, desdeño, encono, intolerancia, sectarismo e intransigencia. Algo que, por lo visto, se ha extendido como una plaga maligna a otros sectores de la sociedad, tal y como lo acabamos de comprobar con el suceso de la Universidad Iberoamericana.

Aunque no debiera haber lugar para la república del odio, el resentimiento acrítico se ha apoderado del corazón de muchos mexicanos. Entre ellos, los jóvenes…

Tomado de Milenio diario, versión digital:

Román Revueltas Retes
Mayo 13 2012