Hay un clamor nacional por los bajos aprendizajes que obtienen los alumnos en la educación básica. El problema político de fondo es la dificultad de ejercer la gestión eficaz de un sistema escolar gigantesco y centralizado (25 millones de alumnos; 1 millón de maestros). Las soluciones que se proponen para este sistema son superficiales y de carácter tecnocrático, es decir, se conciben políticas, programas y acciones estandarizadas como “dar una computadora a cada alumno”, hacer las escuelas “de tiempo completo”, realizar la llamado “evaluación universal de docentes”, etc. Se trata de medidas tomadas “desde arriba” sin tomar en cuenta las situaciones concretas, los contextos sociales y culturales diversos y la capacidad y voluntad de cada uno de los actores (profesores, alumnos y padres de familia).

Esa mecánica central y vertical de gestión se ha aplicado durante décadas infructuosamente, ha fracasado en el pasado y volverá a fracasar en el futuro. Se necesita, urgentemente, cambiarla. Por otro lado, las soluciones se hacen más difíciles por la presencia de un poder político-gremial enorme que ha adquirido gran autonomía de acción: el SNTE. Entre los años 2000 y 2012 el sindicato ha tenido un protagonismo político sin precedente, opacando—en ocasiones—a la SEP. El proyecto de la Alianza por la Educación, signado en Mayo de 2010, fue relegado a un segundo plano por la entonces Secretaria de Educación y ahora candidata a la presidencia de la república. La ausencia de un titular del ramo por más de 60 días deja ver el nivel de prioridad que para el ejecutivo tiene el sector educativo.

No obstante, cualquier reforma educativa que nos propongamos realizar pasa por la modificación del sistema de gestión escolar. Por ejemplo, supongamos que queremos aplicar una política centrada en los aprendizajes básicos del alumno. Como sabemos, esos aprendizajes no se logran con el sistema escolar actual. Luego, estamos obligados a rediseñar el sistema de tal modo que se coloque en el centro lo que hoy está en la periferia (la escuela y el maestro). Se necesita dar poder de decisión a la escuela y al maestro. Esto significa invertir la pirámide de gestión actual, desplazar el poder del centro a la periferia, partir de la base y no de la cúspide. Que las escuelas cuenten son sus propios recursos financieros, que hagan sus propios proyectos de desarrollo, que el maestro tenga más libertad en su trabajo en el aula, etc. En otras palabras, desmontar el centralismo o, si se quiere, descentralizar. Idea abominable para el SNTE.

Gilberto Guevara Niebla

Profesor de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y director de la revista Educación 2000.

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